En esta crónica se relatan los acontecimientos del pasado jueves 25 de enero del año en curso. El día comenzó muy tranquilo para este sencillo periodista. Llegué tarde a la primera clase, como ya es usual para mi, así que mis actividades comenzaron al rededor de las 8:50 am. Al llegar a clase noté una cantidad abrumadora de mensajes en el chat de la clase de periodismo, al revisarlos me di cuenta de que el profesor nos había dado la tarea de cubrir un asunto del congreso. Todo fue muy de ultimo minuto, un coas se desató pues nadie sabía si realmente teníamos que ir a cubrir el evento.
Después de un rato de indagación y tras llamarle al profe, confirmamos que en efecto teníamos que ir.Nadie iba preparado, la clase en la que estábamos recién terminaba y teníamos el tiempo exacto para trasladarnos. Al rededor de las 11:15 llegamos al centro, buscamos un estacionamiento y nos dirigimos al congreso del estado ubicado en av 5pte 128. Ya en el lugar uno de los encargados de seguridad nos comentó que tenía que estar el grupo completo para poder entrar, y que de igual manera teníamos que ponernos en contacto con nuestro profesor para que pudiera acomodarnos a todos. Eran las 11:45 cuando el profesor salió a comentarnos que ya no era posible nuestra entrada, pues el encontrarnos un lugar a todos llevaría una cantidad muy grande de tiempo, que podía dedicarse a otra actividad. Todos estaban cuando menos confundidos, por no decir molestos, nadie sabía que hacer ahora, teníamos hambre y solo una cosa era segura, no podríamos ingresar al congreso.
Al ver el descontento de todos el profesor nos encomendó una nueva tarea; realizar una crónica del centro, 80 lineas en times new roman de información poco clara y datos redundantes que de poco serviría para calmar la furia de los asistentes. Ante el gran requerimiento de lineas uno de los presentes intentó apelar para que la cantidad se redujera a la mitad, pero nadie lo secundó y su propuesta murió en el olvido. Confundidos, derrotados y sin mucha idea de lo que tenía que hablar la crónica nos encaminamos al zócalo de la ciudad.
Era un jueves por la mañana y el zócalo está poco más que muerto, el hambre que poco a poco acrecentaba nos orillaba a ir a desayunar. Al rededor de medio día y después de vagar por el zócalo y sus al rededores buscando un poco de acción, comenzamos la búsqueda de un lugar para "desayunar".
Todos tenían opciones diferentes, pero todos concordaban que era necesario que fuer un lugar barato y rico, el café milagros fue el elegido.
Café milagros es un restaurante con temática mexicana ubicado en la plazuela del carolino, es muy conocido entre los estudiantes por sus precios baratos y la belleza de las instalaciones. Llegamos al lugar y un inconveniente se presentó al entrar, eramos demasiadas personas, los lugares disponibles en la planta alta no eran suficientes para todos. Tuvimos que renunciar a la vista que nos ofrecía la parte superior del lugar para en su lugar elegir una zona apartada en la planta de abajo, juntamos varias mesas y finalmente todos pudimos sentarnos juntos. Uno de los mayores conflictos de café milagros es lo lenta que es la preparación de sus alimentos y lo distraídos que pueden llegar a ser sus empleados. Al llegar la mesera ya eran al rededor de las 12:20 pm, un amigo y yo bromeamos con que seguramente nos servirían nuestra comida pasada la 1 de la tarde. No sé decir bien si teníamos la boca llena de sabiduría o si invocamos a alguna malvada deidad que decidió descargar su furia sobre nosotros, pues en efecto, pronto nos daríamos cuenta que cuando el reloj marcará las 12:55 aún seguíamos esperando unos ya imaginarios molletes.
La maldición se cumplió, la mesera era poco hábil para tomar las ordenes, se confundía con rapidez y cuando por fin tuvo todo anotado en sus pequeña libreta, temíamos que fuera a confundir chilaquiles con enchiladas o traer un omelet con queso al amigo intolerante a la lactosa, después de un ultimo interrogatorio que te hacía decidir entre café o té, y fruta o jugo se retiró a la cocina. La espera comenzó, toda la mesa conocía esa leyenda urbana que proclama la lentitud de café milagros y todos hacíamos comentarios de lo que hasta ahora había ocurrido a lo largo del día mientras clamábamos internamente por un poco de paciencia.
La situación comenzó a tornarse turbia cuando una triste noticia llegó a la mesa. La fruta se había terminado. Puede parecer podo transcendental el hecho de verte obligado a acompañar tu desayuno con un "fresco" vaso de jugo, pero cuando eres una persona que odia el jugo tanto como yo, es una razón completamente valida para echar a perder tu día. Resignado acepté el jugo esperando que mi desayuno lo compensara. Comenzaron a llegar las primeras partes del menú, un jugo y una taza de café de olla más frío que la indiferencia y un jugo que fácilmente podría haberse confundido con pintura
Pasaron 10 minutos desde la llegada del café y el jugo, cuando el sol comenzó a brillar, vimos entrar a la mesara con nuestros platos y de repente la vida empezó a ser mejor, enchiladas, chilaquiles y demás comenzaron a ser repartidos. Hambrientos después de un día vagamente productivo comenzamos a comer. Fue ahí cuando todo valió la pena y al primer mordisco el mundo era de nuevo amor y felicidad. Pero no todo fue miel sobre hojuelas y pronto el café milagros nos cobraría muy caro el habernos devuelto el alma. Pasado un buen rato y después de todos haber terminado de desayunar, un amigo aún esperaba por un par de molletes. Impaciente y hambriento, le preguntó a la mesera sobre el paradero de su desayuno, ella atónita, le comenta que lo desconoce.
Después de múltiples accidentes y repetidas operaciones fallidas el desayuno pudo concretarse y procedimos todos a emprender el regreso.
Después de múltiples accidentes y repetidas operaciones fallidas el desayuno pudo concretarse y procedimos todos a emprender el regreso.
Comentarios
Publicar un comentario